martes, 6 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina. VI

Tormentas 


Un día el Ángel me dijo:
—Anímate, Gelsomina; ya hemos superado la mitad del trayecto.
—Para ti es fácil decirlo —le contesté—. Los ángeles vais de punta a punta del universo en menos que  parpadea una estrella, pero yo estoy hecha de otra pasta y me canso. ¿Sabes lo que pesa esta coleta plateada que me habéis injertado en la popa?
—Yo no lo sé, y tú tampoco. En realidad te quejas para que te haga caso. En cuanto veas a los Magos y ellos te reconozcan, te olvidarás de tus cansancios y volarás ligera como una mariposa presumida.
Tenía razón Gabriel. Lo que ocurre, en el fondo, es que soy una estrella habladora y necesito conversación de vez en cuando. Por eso le daba la lata al Arcángel cuando me aburría.
En ésas estábamos cuando aparecieron los meteoritos.
Una estrella de segunda clase, como yo, está acostumbrada a recibir meteoritos a todas horas. Una buena lluvia de rocas espaciales es siempre estimulante. Es como si te hicieran cosquillas. Pero aquello no era una lluvia, ni siquiera una galerna; había tal densidad de pedruscos que, por un momento, pensé que iban a acabar conmigo. Me quedé a oscuras en el centro de una nube opaca y sólida imposible de atravesar. Los meteoritos me golpeaban con saña por todas partes, y yo perdí la brújula y se me nubló la vista hasta tal punto que ni siquiera podía ver al Ángel. Entonces di un grito tremendo:
─¡Gabrieeeel!
Silencio absoluto. Por un momento pensé que mi aventura había terminado. Creo que estuve así, colgada en el espacio, al menos un año. Y cuando, por fin, se fue la tormenta no me quedaban fuerzas para reemprender la travesía. Así que decidí regalar mi estela de plata, buscarme un rincón confortable en el espacio y acomodarme allí por los siglos de los siglos.
Pero llegó de nuevo el Ángel.
─ ¿A dónde crees que vas?
Su voz sonaba dulce como una campanilla de plata; pero me hice la dura: la decisión ya estaba tomada.
─A descansar de ti, de tus planes mentirosos y de tus trampas. Me has metido adrede en un mar de meteoritos sólo para hacerme daño. Y luego me has dejado sola media eternidad. ¡Ya no puedo más; dimito!
Gabriel me miró con aire entre compungido y bromista:
─Verás, Gelsomina; cuando los Magos te descubran dentro de unos años, saldrán detrás de ti con las mismas ganas e ilusión que tú tenías al enterarte de la misión que Yahvé te ha asignado. Montarán en sus dromedarios, prepararán los regalos para el Niño y se pondrán en marcha sin perderte de vista un instante. Pero llegarán al desierto y, cuando menos lo esperen, se verán envueltos en una tormenta de arena y polvo como no ha habido otra en muchos años. Se quedarán a ciegos durante varios días y sentirán la tentación de regresar a casa, porque hay que estar muy locos para seguir a una estrella. Lo que tú has pasado con los meteoritos no es nada en comparación con el sufrimiento de los Magos por haberte perdido.
─Pero resistirán, ¿verdad?
─Sí. Ellos son más fuertes que tú, y más fieles, pero ahora los comprenderás mejor. Y entenderás que cuando buscamos sinceramente al Señor, la vida se convierte en una aventura maravillosa. ¿Y cómo podría serlo si no encontráramos obstáculos, oscuridad, persecuciones, batallas…?
─Gracias, Gabriel ─le respondí─; ahora estoy preparada.

 
 
 
 
 
 
 

domingo, 4 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina. V

No vi extraterrestres

En mi larga marcha hacia Belén no ocurrieron muchas cosas más. La más importante os la he contado ya y aún no me he recuperado de la emoción: ver jugar a María en lo más alto del Cielo miles de siglos antes de que el sueño del Todopoderoso se hiciera carne y sangre en la tierra, es una experiencia inolvidable.
Con el recuerdo grabado en mi corazón de estrella, volé por el espacio en silencio durante muchos siglos con la sola compañía del Ángel.
Vi luceros de todos las clases y tamaños, cometas perdidos en órbitas extravagantes, planetas de hielo y de fuego, lunas de cien colores. Pero, no, lo siento; no vi hombrecitos verdes ni naves intergalácticas. Yo sé que a muchos os encantaría que el universo estuviese bien poblado de seres inteligentes dotados de poderes tecnológicos ilimitados. Sin embargo tengo la impresión de que no es así.
No me hagáis mucho caso; yo soy solo una pequeña estrella que ni siquiera ha hecho el bachillerato. Pero cuando oigo decir que "no podemos estar solos en el cosmos porque hay miles de millones de planetas capaces de albergar la vida y evolucionar", casi me da la risa. ¿Solos? ¿Cómo vais a estar solos si os acompaña a todas horas el mismo Dios nacido en Belén y la Madre de Jesús, que es la obra maestra del Creador?
Es verdad; hay miles de millones de sonidos en el universo que podrían combinarse de mil formas aleatorias y dar lugar a acordes bellísimos o a ecos hondos y misteriosos; pero os aseguro que desde la más lejana de las galaxias hasta vuestra luna, solo hay una quinta sinfonía de Beethoven. Y aunque lanzáramos a lo más alto del cosmos todas las letras del abecedario y se multiplicaran un millón de veces con la esperanza de que la evolución las convierta en poema, jamás nacería por casualidad un segundo "cántico espiritual" como el que escribió Juan de la Cruz.
Insisto; no me hagáis mucho caso; tampoco he estudiado teología, pero pienso que vuestra tierra es una obra de arte mucho más hermosa que la mejor sinfonía. No ha nacido por azar ni evoluciona sin rumbo. El Dios Encarnado y nacido en Israel es el centro del universo. Todo lo demás es decorado, adorno, música ornamental.
Solo hay un Belén en el Cosmos. Os lo aseguro. Y yo fui su estrella. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina IV


Primero fue sólo una melodía que parecía venir de alguna estrella muy lejana. Poco a poco el universo se cubrió con un manto de silencio y de quietud. Todos queríamos escuchar atentamente aquella música y dejarnos seducir por la magia de cada acorde. Los ángeles también callaron. Sólo yo continuaba mi travesía hacia Belén volando de puntillas para no despertar a las demás criaturas celestiales. 
De pronto, una voz de niña,  dulce como la de un serafín, puso letra a aquella canción. 
En un tiempo remoto fui formada
antes de comenzar la tierra.
Antes de los abismos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Todavía no estaban aplomados los montes,
no había hecho aún la tierra y la hierba,
ni los primeros terrones del orbe.
Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo;
cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo;
cuando sujetaba el cielo en la altura,
y fijaba las fuentes abismales.
cuando asentaba los cimientos de la tierra,
yo estaba junto a él, como aprendiz,
yo era su encanto cotidiano,
todo el tiempo jugaba en su presencia:
jugaba con el orbe de la tierra,
gozaba con los hijos de los hombres.

Yo no entendía casi nada de lo que decía la voz, pero el cielo entero estaba conmovido. Y, de pronto, la vi. Era una niña muy pequeña, como de cinco o seis años, que cantaba y reía, reía y cantaba, mientras jugaba al escondite con un puñado de ángeles.
Una vez más recurrí a Gabriel para que me explicara el misterio.
—¿Quién es?
—Pronto la conocerás y nunca podrás olvidarla, Gelsomina; es María, la Madre del Niño que nacerá en Belén.
—Pero aún faltan muchos siglos para que nazca Jesús.
Es verdad; pero ten presente que todas las criaturas viven en la mente y  en el corazón del Creador. Y los hombres, las mujeres y los niños, de una manera muy especial. Dios les da un nombre y los llama con una vocación singular antes de que existiera la primera partícula de polvo en el Universo. Y si eso ocurre con todos los hombres, imagínate con la que está destinada a ser Madre de Dios.
—Pero, entonces, María también es eterna…
—Su imagen sí que lo es, porque Yahvé sueña siempre con Ella. La Madre de Yahvé nació en la eternidad. No te extrañe si ahora podemos verla como la ve el Señor  y que oigamos el poema que pone en su boca el Espíritu Santo: "Yo era su encanto cotidiano; todo el tiempo jugaba en su presencia. Gozaba con los hijos de los hombres".
—Pero entonces…, ¿es verdad o no lo es que María existe desde antes de la Creación del mundo?
Gabriel me miró de reojo:
—Mira, Gelsomina; resulta que Jesús es el "primogénito" de la Creación. Así lo escribirá San Pablo dentro de mucho tiempo. Y dirá que todo, todo, ha sido creado en Él, por Él y para Él, que Jesús es anterior a todo. Por tanto, su Cuerpo y su alma son el modelo que Dios eligió para crear a Adán y a todos sus descendientes. Y ese Cuerpo y esa Alma no pueden existir sin su Madre.
Al llegar a este punto perdí definitivamente el hilo.
 

viernes, 2 de diciembre de 2016

Fallece Domingo Ramos-Lissón,


No suelo incluir en el blog demasiadas noticias de fallecimientos. Hoy hago una excepción: Domingo Ramos, sacerdote, jurista, teólogo e historiador, fue profesor en la Facultad de Teología de Navarra.
Al escribir su semblanza, todos incluyen una palabra; "caballero". En efecto, Don Domingo era hombre cortés, amable, siempre discreto, respetuoso con sus colegas y con sus alumnos... Yo recuerdo ahora sus clases de Patrología y el cariño lleno de detalles de afecto y de servicio que me demostró la última vez que me alojé en su casa de Pamplona.
Ved aquí la noticia. En el Cielo ya han salido a recibirlo los antiguos Padres de la Iglesia, a los que él dedico miles de horas de trabajo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina III


El espectáculo que me ofrecía el universo era fantástico. Y más en aquellos tiempos, cuando el cosmos estaba en obras y las estrellas aún buscaban su acomodo en el lugar para el que estaban destinadas por el Creador.
¿Pensabais que Dios lo creó todo de golpe y lo dejó bien ordenado desde el primer momento? Pues no. Las galaxias eran un hervidero de estrellas de todos los tamaños y colores que iban y venían en un caos aparente. Por eso a nadie le extrañó verme cruzar de punta a cabo la vida láctea con mi estela de plata, escoltada por el Arcángel.
Un lucero enorme de mediana edad, tocado con una gran llamarada escarlata como una larga cabellera pelirroja, se me acercó por la espalda:
—Perdona que te moleste, pequeña, ¿podrías decirme quién te ha instalado en la popa  esa cola plateada y a dónde vas tan deprisa?
El Ángel ya me había advertido de que no debía hablar con desconocidos, pero aquel pedazo de estrellón parecía simpático y no charlar con desconocidos equivalía a quedarme muda, porque hasta ese momento todos me eran desconocidos. Así que le contesté educadamente:
—La cola es artesanal y única; la trabajó para mí el mejor arcángel orfebre. Y estoy en misión secreta enviada directamente por Yahvé.
—Secreta…, secreta… Ya será menos —respondió el otro—. Me apuesto dos planetas a que lo tuyo tiene que ver con esa Navidad de la que habla todo el mundo.
Era la primera vez que oía la palabra, "Navidad". Y me sentí ofendida. ¿Por qué soy siempre la última en enterarse de todo?
—A ver, ¿por qué? —le grité al Ángel.
El Ángel sonrió y dijo:
—No te enfades, Gelsomina, que con tus berrinches corres el riesgo de perderte uno de los momentos más grandes y bellos de la historia de la Creación.
Entonces levanté la cabeza y lo vi, y lo oí. Era la maravilla más extraordinaria que han contemplado mis ojos. No sé si seré capaz de describirla.
 
Continuará 
 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La travesía de Gelsomina (II)

"Vuestros nombres están escritos en el Cielo"
 

Me gustaría continuar esta crónica escribiendo como Cervantes "la del alba sería cuando Gelsomina cruzó la Galaxia camino de Belén…", pero, como comprenderéis, aquí, en el Firmamento, no hay albas ni ocasos, ni tampoco cronómetros para medir el paso del tiempo. Yo solo sé que me puse en camino guiada por la estela de un Arcángel muchos siglos antes de que Yahvé formara a Adán del barro de la tierra.
En efecto, Dios se tomó las cosas con calma. Las travesías estelares duran miles de millones de años. A las estrellas esto nos parece natural, y, para Dios, cada siglo es apenas un instante. Claro que a vosotros algunos instantes os parece que duran siglos.
En todo caso yo estaba la mar de contenta porque sabía que llegaría puntual a la cita que el Señor me había preparado desde su eternidad. Tenía que aparecerme en un punto determinado de la Tierra para que tres magos me siguieran hasta Belén. Claro que aún faltaba un poco de tiempo. La travesía iba a ser larga.
Un día (o una tarde, quién sabe), volábamos en plena constelación Centaurus cuando el Ángel me reveló un secreto:
—¿Sabes cuántas estrellas hay en el Cielo, Gelsomina?
—¿Cómo voy a saberlo? Eso no lo sabe nadie, ni los ángeles.
—No digas barbaridades. Los ángeles sabemos de todo, y hasta tenemos un elenco detallado de las estrellas con sus nombres y apellidos.
—¿También tienen apellido?
—Naturalmente. Deberías saber que cada estrella está destinada un hombre, a una mujer a un niño o a un ángel, y cada una lleva inscrito el nombre completo de su ahijado. Jesús mismo lo dirá a los suyos: "estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo”.
—¿Y los hombres sabrán encontrar su estrella entre tantos miles de millones?
—La encontrarán si ganan el premio final de la Gloria. Sólo hay un problema; que no todos encuentran el camino. Algunos se empeñan en no mirar nunca al Cielo y se alejan de Dios y de su estrella. Por eso quiere Yahvé hacerse hombre; para que nadie olvide que su destino está aquí arriba.
—¿Y si los hombres no quieren…?
El Ángel se puso triste.
—Los ángeles trataremos de que eso no ocurra. Porque, si un hombre se alejara de Dios para siempre, su estrella se apagaría también para toda la eternidad.
Yo no entendí muy bien las palabras del Ángel, pero, por si acaso, le di un suave empujón mientras le decía:
—Corre, Gabriel, corre. Que no podemos llegar tarde.