miércoles, 28 de marzo de 2007

¿Perdonar?



Dejemos para mañana el texto prometido de Séneca. En vista del aluvión de comentarios y de correos que he recibido acerca del perdón, desempolvo un viejo artículo que escribí dos días después del 11 de marzo de 2004.

Trabajaba yo entonces como capellán del Centro Universitario Villanueva, en Madrid. Aquella mañana había un silencio sobrecogedor en toda la ciudad, y Los chavales parecían contagiados por un clima de tristeza y desconcierto. Hablaban en voz baja, como se habla delante de un enfermo o de un moribundo. Muchos fueron a IFEMA para echar una mano. Yo comenzaba un curso de retiro aquella misma tarde; pero antes celebré una Misa en sufragio por las víctimas. La capilla del Centro estaba abarrotada.

Habrá que seguir hablando sobre el perdón, el olvido, la justicia... Ahora más que nunca. Este artículo apenas dice nada, pero puede ser un punto de partida. Me gustaría que los que entráis en este blog de vez en cuando pongáis por escrito vuestras reflexiones, después de ponderarlas con calma y con serenidad.



—Es demasiado pronto para hablar de per­dón.

Lo oí por la radio al día si­guiente del atentado del 11 de marzo. Hablaba una de tantas voluntarias que regresaba del tanatorio de cam­paña que habilitaron las autoridades en IFEMA. La chica llevaba más de treinta horas sin dormir, y tenía el corazón roto, henchido de lágrimas ajenas. En aquellas horas, la congoja, la rabia y el miedo parecían los únicos sentimientos líci­tos.

Luis estaba más sereno, pero vino a decir lo mismo:

—Dígame que no les desee la muerte, que las víctimas están en el Cielo, y que allí recibirán la gran cruz al mérito civil; pero no hable ahora de perdón.

Y todo porque aquel día, en la breve homi­lía de la misa de difuntos, pronuncié una vez esa palabra. Luego, Luis y yo hablamos despacio, y le dije que tal vez tenía razón, que quizá era dema­siado pronto; pero no podíamos omitir el padrenuestro, y me dolía comprobar que en las terribles cróni­cas de la matanza, algunos, al calor de la sangre recién vertida, gritaban a las cámaras que no perdonarían jamás.

Ya sé que no tengo derecho a reprocharles nada. Es fácil absolver un crimen cuando uno no ha recibido en su carne la mordedura de la metralla ni tiene entre las víctimas a nadie cercano. Sólo los ofendidos pueden perdonar.

—¿Y qué es perdonar?

Quizá la pregunta de Luis era pura retó­rica. En todo caso, no es­taba yo para definiciones. Pero ahora, cuando el paso de los días comienza a sedimentar la tristeza, sí me atrevo a decirle unas pocas palabras.

  • Perdonar es tener fe en el hombre, en su espíritu inmortal, creado a imagen de Dios. Es estar persuadido de que, mientras vivimos en la tierra, todos podemos con­vertirnos. También ésos a los que llamamos alimañas, y no lo son.

  • Perdonar es cosa de dos. Es salir al encuentro del enemigo con los brazos abiertos, como el padre del hijo pródigo. Quizá el enemigo no acepte el abrazo y el perdón no pueda con­sumarse. Pero alguna vez se produce el milagro.

  • Perdonar es esperar más de lo razonable. Decía Peguy que “la esperanza es una niña que me da cada mañana los buenos días”. Esa niña cura el rencor, mueve a la oración, alimenta el espíritu.

  • Perdonar es olvidar la ofensa. Repito: olvidar. O guardar a la sombra del alma un recuerdo tan te­nue, tan sin rencor, que parezca una historia que nunca ocu­rrió.

  • "Yo perdono, pero no olvido”. Lo siento: ni perdonas ni olvidas. “El Altísimo no se acordará de mis peca­dos”, dice la Biblia. ¡Qué estupenda amnesia de Dios!

  • Perdonar es recordar, sí, los propios críme­nes, y saber que “somos ca­paces de todos los erro­res y de todos los horrores que puede cometer el hombre más miserable”. Perdonar es siempre pedir perdón.

  • Perdonar es envejecer un poco. A los jó­venes (perdonadme) os cuesta más porque no tenéis la mochila tan llena de crímenes. Aún pensáis que nunca haríais eso. Y vais de justicie­ros hasta la injusticia. Acordaos de la mujer adúltera: cuando Jesús dijo: “el que esté libre de pecado tire la primera piedra,” los viejos fuimos los primeros en abandonar.

  • Sin embargo, perdonar no significa renunciar a la justi­cia: al contrario. El deseo de poner entre rejas al delincuente es compatible con la misericordia.

  • “Nada nos asemeja más a Dios que el estar siempre dispuestos a perdonar”, escribió San Juan Crisóstomo. Y San Josemaría se quedaba pasmado al considerar la grandeza “de un Dios que perdona”.

—Pero usted me habla de santos. Y yo no lo soy: yo no puedo perdonarlo todo.

—No estés tan seguro, Luis. Si supieras lo que el Señor puede hacer contigo, si conocieras el don de Dios...



6 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo leí en su momento y me encantó. Ahora creo que me gusta todavía más.
Espero que no se llevaran mucho más que el paraguas!

Jesús Sanz Rioja dijo...

El artículo es definitivo, en efecto.

Yo, gracias a Dios, no perdí a nadie en la masacre, así que no tengo que perdonar. Hoy por hoy sólo me interesa saber. Porque la sangre de los 192 está clamando.

Anónimo dijo...

Y de los heridos perpetuos.

E. G-Máiquez dijo...

Conste que el artículo me encantó. No tengo nada más que añadir (sólo aplicármelo).

carmen dijo...

Si Don enriqe yo estoy de acuerdo que hay que perdonar, pero si alguien te ofende y no te pide perdón ¿Que haces?

carmen dijo...

D. Enrique despues de que vuelva de sanlucar de semana santa ire a verle. Pase buena semana santa¡¡¡